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“A falta de calidad…”

Hace unos días, ha vuelto a la palestra una cita de Carles Puyol, reflejada en boca del ex rayista Saúl Ñíguez a través de una entrevista en el diario Marca. En ella, el ex capitán del FC Barcelona venía a decir, de una forma suavizada, que donde no llega la calidad se echa mano de los atributos masculinos. Para los menos finos, como yo, citando literalmente, “donde no llega la calidad, llegan tus huevos”.

Goleada a la gallardía. Así titulé la crónica de 1-4 entre el Collado Villalba y el Rayo Vallecano B del pasado domingo. Sí, lo sé. Para los nuevos jugadores locales, supone una oportunidad de oro disputar casi una temporada entera en Tercera División llegando desde Preferente y Autonómica. También soy consciente de que el paso desde esas categorías al grupo VII es relativamente fácil. No lo es tanto llegar a un club donde, durante una semana, todas las referencias que llegaron fueron negativas.

12088064_1021275994605160_5843735023133355266_nLa mayoría de los veces ocurre que cuando una empresa se mete en un club de fútbol a ‘salvarlo’ de una deuda’ abandona el mismo en el momento en el que ven que no pueden sacar rédito económico. Otras, que lo saquean, dejándolo incluso en peores condiciones de las que se lo encontraron. Y, la gran mayoría, que dicho club, que antes se endeudó hasta límites desproporcionados para las categorías que habitan, deambulan por el fútbol más modesto de nuestro país hasta desapariciones y refundaciones.

Aún así, el Collado Villalba, tras una incomparecencia, se presentó al choque ante el Rayo B. Y poniendo en apuros a los de Diego Merino en algunas fases del partido. Un equipo formado en 48 horas, con una guerra dialéctica entre directiva y junta gestora de por medio y que en las seis jornadas anteriores había recibido 22 goles, dio la cara hasta que el cansancio les hizo no poder más.

No todos los clubes -y sus trabajadores- pasan por problemas tan graves. Pero el día a día en el fútbol modesto, alejado de los millones y la fama, también deja contrariedades prácticamente diarias. Obstáculos que siempre acaban sorteando. Y, haciéndolo, dignifican el fútbol de siempre: el de barrio y humilde. Aunque sea a base de huevos.

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