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All-In. Una historia del Zaragoza-Rayo

Mientras todas las pantallas se llenaban de lágrimas con la muerte del astro, el corazoncito de Andoni Iraola, adiestrador franjirrojo, recordó viejos momentos. Lo hizo durante unos segundos mientras su equipo calentaba antes de enfrentar al Zaragoza, ese equipo que cuando él comenzaba a ser futbolista conquistó Europa con un fútbol preciso, precioso, aguerrido, llegador, sin prisa y con pausa, talento y garra, con cosas de Lezama y Villa Fiorito.

Ahí incidió la charla del míster rayista , emoción, tensión y atención.

Así empezó el Rayo, puesto a la tarea frente a un rival temeroso, inseguro y sin confianza que no ponía dificultades ni amenazaba el resultado.

Eso parecían verlo todos en el césped, hasta Dimi, que en un disparo cumplidor pero sin convicción de Igbekema pensó más en donde dirigir el saque que en atajar el chut. Cuando quiso darse cuenta estaba sacando el balón de dentro del arco. (1-0).

El sorprendente gol animó a los locales y les concedió soltura mientras que los visitantes entraron en depresión y bloqueo. Eguarás se sintió Santi Aragón o Darío Franco, Zanimacchia se creyó por un rato Poyet y Narváez quiso incordiar como el «paquete» Higuera. Todo ello en el imaginario maño y en las mentes franjirrojas, en caso contrario era imposible entender aquello.

Algunos incluso pudimos ver una señal en la publicidad de al lado de las porterías, la misma que lucían ambos equipos en sus mangas e imaginamos a un grupo de apostantes de algún lugar del Asia profunda jugándose hasta la camisa a primer gol local en el minuto X.

Iraola no podía creer lo que veía (otra vez) y decidió tomar medidas tras la jugada mas tonta del siglo XXI. En una falta lejana, Pozo y Qasmi se colocan en fuera de juego para tapar la visión del portero ante el previsible disparo de la franja. El árbitro, en una actitud paternal que parecía innecesaria les avisa «estáis adelantados, si tira a puerta y estáis en la trayectoria, lo voy a pitar». Pozo manda al árbitro a pastar y Qasmi tampoco obedece, el libre directo va a puerta y el trencilla, que alucina, señala el offside. Andoni, que como todos no veía nada igual desde aquellos partidos de benjamines, sí, aquellos en los que el árbitro enseñaba a sacar de banda sin saltar a los peques con paciencia y cariño, se golpeó la frente con la mano cual emoji de Whatsapp y sintió rabia y vergüenza, esta vez propia.

Ya en la caseta, el técnico del Santa Inés sentó a sus pupilos y les contó una historia.

Cuando cumplió 10 años, el pequeño Andoni solo pidió una cosa como regalo, ver un partido del Athletic en San Mamés. Iban a ir en un Athletic-Rayo, pero un resfriado se lo impidió. Mientras los jugadores del Rayo se reían Iraola se puso serio. Aquel partido terminó 4-2 y él se quedó con las ganas. Pensó que ya no podría ir pero alguien hizo magia y le llevó al siguiente partido. El no lo sabía, pero aquel día decidió que sería futbolista. Primero vio a Maradona lanzar esa falta mágica que acabó en gol de Marcos. Luego vio jugar a un Athletic Club que sacó a Diego del partido a base de patadas y al Sevilla del campo a base de un empuje irrefrenable que ni Bilardo pudo detener. Una remontada inolvidable en un ejemplo de garra y convicción. Un partido de lucha constante y voluntades inquebrantables.

Los jugadores del Rayo disfrutaron del relato pero salieron al campo como si tal cosa y el entrenador rayista se hartó. Hizo un Goyo Jimenez, «no lo digo, lo hago». Retiró a Martín Pascual e incluyó a Comesaña. Sus jugadores no captaron la «indirecta» y el Zaragoza siguió a lo suyo. No quedó otra opción que hacer lo que su patrocinador llamaría un All-In y la hinchada de Vallecas un «Jemecismo o muerte». Con el triple cambio el extremo izquierdo se quedó con toda la banda para él, el mediocentro se puso de «falso central», un mediapunta se puso de mediocentro, el otro jugó de llegador, el zurdo se puso de extremo derecho, el tanque siguió de tanque y el segundo delantero jugó abriéndose a la izquierda. Una maniobra ni arriesgada ni imprudente sino amenazadora en la que el técnico , sin nada que perder vio en el temor local la solución a sus problemas. Una salida de Dimi a lo Ter Stegen en el Metropolitano estuvo a punto de dar al traste todo, pero al Zaragoza no le llegaba la camisa al cuello y Zanimacchia no es Poyet.

Siguió el Rayo con todo hasta que Antoñín desde la izquierda centró, Isi (el mas bajito) remató de cabeza y el remate lo cazó Antonio que marcó por el ángulo mas díficil (1-1).

El destino quería que Qasmi diera la victoria al Rayo con un balón para empujar pero el hombre se lío con la emoción y le dio tal patada al aire que se pudo lesionar. Mientras nos lamentábamos todos, el ataque rayista lo mezcló todo, lo agitó y de la coctelera salió un centro casi maradoniano de Álvaro y un remate a gol que pudieron firmar Ziganda, Urzaiz, Llorente, Aduriz o cualquier delantero del Botxo , pero lo hizo Pozo, aquel a quien todos hubiéramos cantado «Se dejaba llevar» de Antonio Vega y se mostró como el killer que necesitaba la franja en el momento justo (1-2).

Iraola, eufórico pero metódico volvió en sí, puso a Velázquez en cancha para recuperar el equilibrio y aunque Emi estuvo a punto de liarla los tres puntos subieron al casillero visitante para calmar las aguas, dar tranquilidad durante unos días y algo de esperanza a una afición que duda, piensa, se cansa, se aburre y por supuesto existe.

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