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Encallado

Siempre se ha dicho que Vallecas es un lugar distinto, especial, único. A trescientos kilómetros de la costa el barrio mas conocido de España cuenta con una abuela rockera, un puerto de mar y una playa de césped y arena enorme donde unos chavales juegan a una pelota mientras ellas solo pueden hacerlo dos veces al año por Convenio, que este año se incumplirá.

Vallecas tiene un puerto de mar y claro, una nave llamada Santa Inés. Pues esa nave ha encallado y no sabe cómo enderezar su rumbo.

Su tropa de marinería parecía seguir las indicaciones del capitán de un modo rutinario y eficaz hasta que Aitor García, de Gibraleón cerca de Odiel evitó el abordaje de tres mediocampistas de la franja y cedió el balón a Pedro Díaz, de Siero, también cercano al mar, élite polesa. Éste, sin oposición lanzó una bola de cañón que superó a Zidane y causó importantes daños al Santa Inés (0-1).

Sin momento de zozobra el Rayo reparó la nave, se puso manos a la obra siempre bajo el dictado de José de Espronceda, en una arenga clave:

A malos trances más bríos;

como la mar es en suma

el mundo, pero en su espuma

se sustentan los navíos.

El asedio fue espectacular, corto pero intenso. Bebé inició el fuego a discreción con un cañonazo que solo pudo rechazar Mariño, Catena remató a gol pero el balón fue despejado en a misma línea, Oscar Valentín quiso evitar al portero y su cabezazo se topó con el travesaño y Suárez, Martín y Qasmi siguieron dando uso al cañón en veinte minutos con nueve disparos que pudieron convertir la bandera negra del Sporting en blanca.

El Rayo tuvo su momento pero el segundo cañonazo gijonés, este sin éxito, lo acobardó y entonces, minuto cuarenta del partido, acabó el combate.

El capitán del Santa Inés intentó nuevos abordajes con marineros de la costa murciana, de la costa del Sol, gallegos, aceros toledanos e incluso novedosos como el prometedor Manu Navarro que debutó y puso en apuros a un confiado Mariño al final del choque, pero en la segunda mitad la embarcación asturiana no sufrió ni un embate de la marea vallecana y convirtió a la escuadra de Iraola en una colección de marineros de agua dulce.

Con el silbido final, los locales se sintieron mal, los visitantes genial y por megafonía sonó esto de Alberti como en abierto ventanal:

Gimiendo por ver el mar,

un marinerito en tierra

iza al aire este lamento:

¡Ay mi blusa marinera!

Siempre me la inflaba el viento

al divisar la escollera.

Luego pensaron en Miguel Hernández, vallecano de adopción, genio literario con zaguero franjirrojo de igual nombre y apellido del que conmemoramos esta semana, conmovidos, su muerte, pero hubiera sido demasiado hacer sonar «El Rayo que no cesa».

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