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Vallecas sí tiene ídolos

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Alberto García cuelga los guantes. El mejor capitán del Santa Inés en toda su historia reciente, se despide. Un ser humano extraordinario. Un rayista. «Vallecas no tiene ídolos», dijo en el vídeo de su adiós. Y lo siento, Alberto, pero estás equivocado. En este barrio de 300.000 habitantes, tú, eres un ídolo. Nunca lo pretendiste, y por eso lo eres. Porque siempre buscaste más acciones que focos. Ayudar como propósito de vida. Porque para ti la felicidad era ganar un partido de la jornada 28, abrazar a tus dos hijas sobre el césped y cantar una Vida Pirata. El Rayo Vallecano.

La imagen de todo el equipo manteando a Alberto García, en Montilivi, ya es historia. Un resumen perfecto de lo que podrían ser 400 páginas a tapa dura sobre la historia de este club. Tienes que ser acojonantemente grande para que en un momento así, con la adrenalina por las nubes, el equipo se acuerde de ti y te regale ese instante. Alberto lloraba por todos menos por él.

Porque era consciente de toda la gente a la que aquello iba a hacer feliz: desde sus compañeros, que han atravesado momentos de críticas y vaivenes complicados, hasta el último de los aficionados, pasando por los médicos o los empleados del club. Porque en unos segundos recibió de vuelta todo el cariño que se pasó años dando. Y ha sido tanto, que abruma. Él quería ser lo de menos, pero para todos fue lo de más.

Ha sido el pilar invisible que ha mantenido el edificio en pie, el hombro en el que apoyarse a llorar y la mano que levantaba en las caídas. No jugaba desde el 21 de septiembre de 2019 y, aún así, ahí ha estado, sentado en la grada cada jornada, animando, apoyando. Sin aceptar una sola entrevista, sin querer foco alguno, asumiendo que era el turno de sus compañeros. Y que su papel era tirar del carro, en la sombra, como una hormiga más. Es la demostración de que para ser un líder no hay que ser un ególatra, sino un padre.

Nació en Barcelona porque en algún lado hay que nacer, pero su sangre es vallecana. Y el barrio ya le quiere como a un hijo. Alberto, al fin y al cabo, es un ejemplo más de que, como escribió el compañero Carlos Forjanes en AS: «Una vez que pisas Vallecas, la vida te cambia». Y él, que ya era un tipo de diez, se ha convertido en un ser humano extraordinario. Ese amigo que piensa más en ti que en sí mismo. Un rayista. Inolvidable aquella noche en el Reino de León en la que se subió encima de un coche para cantar «La Vida Pirata» junto a los desplazados. Loco, descamisado. Puro sentimiento.

De no ser por él, Bebé tal vez nunca hubiese vuelto a jugar. Ambos compartieron infierno en un hospital, atravesando operaciones y compartiendo frustraciones. Fueron meses durísimos en los que el portugués llegó a plantearse la posibilidad de dejarlo, pero ahí estuvo Alberto para animarle y decirle que ni se le pasase por la cabeza. Que él lo iba a conseguir, iba a volver. Y lo hizo. «Siento que he contribuido a que un chico que quisiera dejarlo haya podido salir del hospital. Hace 15 meses le dije que lo iba a conseguir y mira dónde estamos», dijo a pie de campo, roto, tras el ascenso.

Segundos después, nos rompió a todos: «No sé qué va a ser de mi carrera deportiva». Y ayer, tras 20 meses sin tocar un balón, anunció su retirada. La vida no es un historia de Pixar con final feliz, pero Vallecas le promete un desenlace de película. Alberto estuvo para levantar a Bebé y Vallecas estará siempre para Alberto. Incondicionalmente. Cuando lo necesite. Y bien con la equipación de jugador o con unos vaqueros y una camisa, cuando toque, se despedirá sobre el césped junto a sus dos familias. La de casa y la del barrio. Y lo hará rodeado de un abrazo de aplausos y lágrimas. Merece una ovación de cinco minutos con el Estadio a reventar. Que la tenga.

El capitán del Santa Inés cuelga definitivamente los guantes, pero no la Franja que lleva dentro. Está llamado a seguir toda la vida -o hasta que él quiera- en el Rayo. A ejercer de nexo de unión con la afición, a dirigir un apartado de conciencia social inexistente a día de hoy, a ser Embajador. O a presidir, directamente. Su futuro está entre Payaso Fofó y los balcones de Teniente Muñoz Díaz, siempre que quiera. Y si prefiere apartarse y descansar, que lo haga con la conciencia tranquila. Sea lo que sea, esto jamás será un adiós, siempre un hasta luego. Como sus lágrimas en Montilivi, eternas. Emocionantes.

Vallecas sí tiene ídolos; tiene a Alberto García. Te puedes ir del barrio, pero no del corazón de su gente.

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