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Mi talismán


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Firma invitada: @NachmanVK

Lo reconozco. Soy un subecarros, o mejor dicho, lo fui. Un subecarros, o neorayista como a mí me gusta decir, de esos de los que tanto me quejo ahora que han pasado casi 20 años desde que yo me subí al carro.

Porque yo había ido esporádicamente a ver al Rayo de la mano de mi padre en diferentes temporadas. En mi memoria aún me quedan los recuerdos del Bernabéu llorando a raudales por el doblete de Guillherme con Valdano saliendo por la puerta de atrás cuando las gradas aún eran de hormigón. O de mi primer viaje con la franja a Salamanca con otro 1-2 y otro ilustre entrenador destituido: Juanma Lillo. O de la promoción contra el Extremadura en la que tomé la decisión de que ese verano me abonaría a ese equipo que acababa de subir y que dejaría de escuchar sus goles por la radio.

En definitiva, un subecarros de manual.

Por aquello de que en pareja todo se pega (menos la hermosura), mi mujer también es una subecarros desde hace media década. Me costó (bastante) convencerla de su nueva condición tras nuestro paso por Segunda B y Segunda. Pero ayudó bastante que encadenáramos varias temporadas en Primera para que le picara el gusanillo y acabara subiéndose al carro.

Por suerte, el subecarrismo no es genético. Mi hijo tiene su carnet peke desde su primera semana de vida y aún no ha visto cómo es el fútbol de Primera División.

Con toda la familia ya subida en el carro he ido tomando consciencia en los últimos años de un hecho que hasta hoy sólo he compartido con los protagonistas y con nadie más por miedo a gafarlo.

Puede que me falle la memoria, porque los años no pasan en balde, pero apostaría mi carnet sin temor a perderlo si os digo que mi familia nunca ha presenciado una derrota. Cuando digo mi familia, me refiero a mi mujer y a mi hijo. Yo no me incluyo porque yo derrotas he visto ya unas cuantas (aunque cada vez me importan menos).

Por horarios y por circunstancias de trabajo mi hijo de poco más de un año y mi mujer sólo han podido ir a 7 u 8 partidos este año. Ni una derrota. Ni un empate. No pudieron venir contra Osasuna, ni el lluvioso día de Tarragona o en los días del rayismo contra el Córdoba. Ni contra el Numancia, Sporting, Albacete, Oviedo o Cádiz. Y si me pongo a pensar en años anteriores lo mismo.

La semana después de la goleada en Alcorcón una pregunta me pasaba una y otra vez por la cabeza: ¿vendrán?. “Nacho, el niño no puede estar hasta las 22:30 en el fútbol”. “¿Y tú, vas a poder venir?”. “Creo que sí, pero a ver a qué hora aterrizo”. Supongo que debí haberos contado que es auxiliar de vuelo.

La angustia que pasé hasta que a las 5 de la tarde del domingo leí en el teléfono “Voy para casa. Me cambio y nos vamos” no se la deseo a nadie. En el vagón del metro de camino al estadio me cruce con varios conocidos rayistas. No hablábamos. Reinaba el silencio de las grandes ocasiones. Y entonces la escuché: “Tranquilo que vamos a ganar”. Era mi talismán intentando sacarme una sonrisa. Intentando apagar mis resoplidos. Intentando parar el movimiento inquieto de mis piernas.

Mientras comía pipas en la previa (sí, además de subecarros es comepipas) no parecía estar nerviosa en lo más mínimo. Si ella misma es consciente de la responsabilidad del ‘poder’ que yo le he atribuido y si ello le produce algún tipo de nerviosismo, yo nunca he sido capaz de detectarlo. Después de todo, el poder de un talismán depende de la confianza que se tenga en él.

Y no falló. Nunca falla. 93 minutos después del pitido inicial los jugadores lograban el ascenso que habían estado tocando con la punta de los dedos durante los últimos 15 días. Las crónicas dirán que Alex Moreno logró los 3 puntos con su zurdazo cruzado a la escuadra con asistencia en un saque de banda del ‘Chocota’ Trejo. Yo tengo claro que mi talismán tuvo algo que ver.

Nunca había faltado a mi cita con el césped tras el pitido final en un ascenso pero el pasado domingo cambié de tradición. Me apetecía celebrarlo con ella, abrazados. Era su primer ascenso y le había dicho que Vallekas se transforma en días como el de Lugo. Creo que lo disfrutó casi tanto como yo. Aunque no pudiera ir a la fuente de la Asamblea porque había que ir a ‘liberar’ a los abuelos que se habían quedado en casa cuidando del ‘mini-talismán’.

Y cuando se marchó, parte de la fiesta se fue con ella. Al menos para mí. Será porque soy un subecarros.

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