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‘Con mi abuelo de la mano’

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LA FIRMA INVITADA: RAÚL GRANADO (Onda Cero)


Ahora que el final del camino parece cercano, ahora que el cielo está cerca, empecemos por el principio. Yo no nací en Vallecas, no me crié en Vallecas, nunca había pisado el Estadio de Vallecas, no era del Rayo Vallecano y no conocía la historia del Rayo Vallecano. Está claro que casi todo era un error.

Desde niño mis padres me contaban los años en que ellos vivieron en Vallecas. Mi abuelo paterno era minero, y como tal, su vida consistía en pasar sus días en una mina hasta que la explotación terminaba y había que pasar a la siguiente. Tras varios cambios por la provincia de su Córdoba natal, pasaron a Extremadura y de allí a Madrid. Era el principio de los años 70 y, como cientos de familias, se trasladaron a Madrid para iniciar una vida mejor lejos de ese agujero infecto en el que mi abuelo se dejó la salud, y la vida. Y llegaron a Vallecas, a la calle Pedro Laborde. Allí pasaron sus primeros años de vida en Madrid hasta trasladarse a Carabanchel.

Mi vínculo con Vallecas siempre estuvo ahí, solo había que tirar del hilo. Y eso ocurrió a finales del 2010  cuando apenas llevaba un año trabajando en Onda Cero. Entonces, Félix José Casillas llegó y me dijo “¿Te apetece empezar a hacer la información del Rayo? Es un club humilde y donde hemos empezado muchos periodistas, para empezar está bien y es un sitio tranquilo” Efectivamente dije que sí y Félix acertó en casi todo, menos en que era un Club tranquilo.
Han pasado más de ocho años y desde entonces y hasta hoy he vivido más cosas de las que podría haber imaginado. El primer año fue duro, mucho. Todo era nuevo para mí y había que aprender rápido, todos los asuntos de la familia Ruiz Mateos empezaron a ponerse serios y eran largos días de guardias en Somosaguas e informaciones confusas. Pero en lo deportivo el final del cuento no pudo ser más feliz. Recuerdo perfectamente la mañana del 22 de mayo de 2011, Rayo Vallecano 3 – Xerez 0. Fue una mañana calurosa, yo acababa de volver de San Sebastián dónde la radio me había enviado para cubrir un Real Sociedad – Getafe de Primera que terminaría con la salvación del Getafe de Míchel. Vallecas fue una fiesta interminable aquél día de mayo. Después vendría el adiós de Coke, el Tamudazo, el adiós de Sandoval, el adiós de Michel, el paso de Diego Costa y Michu, la llegada de Paco, la mejor clasificación de la historia, el adiós de Javi Fuego, la revalorización de los Saúl, Gálvez, Bueno, Falque, Rochina, Larrivey, Leo, Viera, Kakuta, y otros tantos. Y entonces llegó Anoeta, mayo de 2016. Allí también estuve. La radio volvió a enviarme a San Sebastián pero entonces y, a diferencia del 2011, el dardo estaba envenenado. Aquel viaje acabó de la peor manera posible, con el fracaso y la impotencia de miles de rayistas que no entendían nada. Ese viaje no lo hice solo, estuve con gente a la que hoy considero mi familia. La vuelta a Madrid fue rara, mucho. Volvimos de noche y con un frío que iba calando los huesos, el propio del norte y el que nos había dejado una derrota que llevaba consigo un descenso. Fue aún más cruel porque hubo que esperar una semana para confirmar algo que Vallecas ya sabia. El Rayo volvía a Segunda División, y el drama no era volver, era caer con esa sensación de cuando alguien de tu familia entra en casa a robarte.

Cuando la franja se mancha.

Se fue Paco, y se fue Felipe. Han pasado ya dos años, y parece que han sido veinte. Pero el palo del 2016 había que asumirlo y levantarse y, sobre todo, tomar decisiones importantes para volver. Empezó volviendo Sandoval pero esto ya no era 2010, el cuento acabó mal. Eso sí, su vuelta dejó una de las grandes noticias de los últimos años, la irrupción de Fran Beltrán. Llegó entonces Baraja, le engañaron, se dejó engañar, intentó tomar decisiones, se comió el sapo de Zozulya. El cuento acabó mal. Estoy convencido de que el Pipo es un buen tío y un buen entrenador, pero llegó al Rayo en el momento equivocado. Y entonces llegó Michel. El equipo se desangraba camino de la Segunda B, un vestuario como un polvorín y una enorme fractura social en las gradas. Esos eran los ingredientes, Michel aceptó el reto. El niño de Vallecas que se hizo hombre a golpe de pases imposibles y goles para el recuerdo tenía una vez más su oportunidad, la de ayudar al club de su vida. Ese al que vendieron para sobrevivir, el que volvió a casa, el que se fue para siempre sin hacer ruido, el que no dijo jamás nada en contra de nadie en toda la famosa temporada 2010-11, el que se fue sin homenaje del Club, pero si de la gente, tenía en sus manos una bomba a punto de estallar. Pero esta vez el cuento terminó bien. El equipo salva la categoría y en verano llegan refuerzos, David Cobeño. Los dos juntos trabajan para cimentar el proyecto de la ilusión, el de volver.

Y ojalá que el final del cuento una vez más salga bien. Alcorcón fue un impacto, una dosis de humildad en grado de aviso a navegantes. El barco pirata de los sueños vallecanos ha navegado dos años entre la niebla más espesa para ahora llegar de una vez al puerto del que nunca debió zarpar. Pero hay que rematarlo. Estoy convencido de que el domingo es el día. Vallecas ha colgado el “no hay billetes” y esta plantilla merece un fin de fiesta a su altura. Ha sido un lujo compartir la temporada con ellos. Alberto, la implicación de quien ya se ha tatuado la franja en el alma para siempre, el crecimiento de Alex Moreno, la segunda o tercera juventud de Chechu, la vuelta de Abdoulaye, la entrega de Amaya, la novedad de Baiano, la confirmación de Fran, el temporadón de Unai, el estilo de Santi, la inconmensurable vuelta del principito Trejo, la sonrisa de Embarba, las galopadas de Bebé, los minutos del Chori, Presidente de la República vallecana, y el soplo de aire fresco a ritmo de gol de RDT. Y no solo ellos, la profesionalidad y la paciencia de los Mario, Aki, Galán, Velázquez, Gorka, Cerro, Aguirre, Manucho, Armenteros y Javi Guerra. Y sí, Roberto Trashorras, aunque esto merece un capítulo aparte. Y sí, Joni Montiel, esto también lo merece. El de Rat lo he perdido, no se me ha olvidado.

Y con todo esto parece que no pasan las horas, que no llega el domingo. Vallecas tiene ganas. Pero el domingo llegará y tendré la suerte de vivirlo un día más con el micro verde en la mano. Con los mismos nervios y la misma ilusión que ese primer día de 2010. Pero no estaré sólo porque cuando enfile la Albufera para llegar al Estadio iré con mi abuelo de la mano. A él nunca le gustó el fútbol, jamás fui con él a un estadio, no me dio tiempo a convencerle. Pero su recuerdo siempre me lleva a mi mano con la suya paseando por la calle. Me habría gustado que supiera que tiré del hilo, y volví a Vallecas. Así que el domingo, abuelo, voy contigo de la mano.

Yo no nací en Vallecas, no me crié en Vallecas, ya he pisado el Estadio de Vallecas, ya soy del Rayo Vallecano y ya conozco la historia del Rayo Vallecano. Está claro que casi todo era un error.

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