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OPINIÓN

Como Dios manda

Fiel a las tradiciones, el Rayo Vallecano cerró su «Semana Santa» con el ítem que faltaba.

El partido contra el Mirandés hubiese sido la antesala de esos días de fervor para unos, asueto para otros y huevas de pascua para los golosos y en eso, en hacer la pascua a sus followers, la Agrupación es una «fuoriclasse«.

Tras su aplazamiento por la maldición del bicho loco, en la semana de las procesiones frustradas la franja murió clavada en la escuadra por el Sporting, resucitó haciéndole un potaje al Almería y se puso a construir el mundo contra el equipo del Monte de los Olivos, léase el Girona.

Un sin Dios, vaya, por lo que algún día tenía que descansar.

La función de miércoles comenzó regulera, con tanto cambio que más que rotaciones aquello parecía «La pasión de Cristo» de Mel Gibson y su rodaje en arameo. Algunos jugadores parecían acabar de ser presentados en el pitido inicial y su coordinación y entendimiento durante algunos minutos pareció no existir.

Luego, como en todas relaciones se rompió el hielo y la cosa mejoró, pero aquello no terminó de cuajar por exceso de audacia.

Rendidas la portería y su cancerbero a José Pozo y Álvaro García estos intentaron pintar un Zurbarán, un Velázquez o un Goya y al final las picaditas y autopases terminaron convirtiéndose en «pinturas negras«. Los artistas de la franja quedaron como angelotes de Murillo, bonitos pero poco efectivos.

Al otro lado los papeles de la canonización de Stole Dimitrievski estaban a punto.

Se llegó a oír en la grada de suplentes locales ese cántico famoso en todos los coles «tenemos un portero que es una maravilla se para los penaltis sentado en una silla».

Dimi las sacaba, mené, con la mano o con el pié pero igual que la sábana santa no superó el carbono 14 el arquero del Santa Inés no pudo con su propio Iscariote.

Fran García, el jugador con más opciones de pelotear en primera la próxima campaña se embolicó, pateó el balón preguntándose quién sería esa Mía de la que Stole me hablaba y el balón terminó llegando a Cristo cuya última tentación no fue ver la peli de Scorsese ni intimar con Monica Belucci, la María Magdalena cinematográfica más bella desde la propia Easo, sino cruzar la pelota, tunelar las piernas de Catena como Gallardón la M30 sin quitar el Puente y devolvernos a esa realidad que rompe refranes, sí, hay dos sin tres. (0-1).

La victoria rayista hubiera casi asegurado la plaza en las eliminatorias de ascenso pero algo faltaba en la Semana Santa vallecana y eso era, sin duda, la torrija.

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